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Elizabeth Catlett: el arte como revolución

  • Aug 14
  • 8 min read

Escultura, grabado, cerámica y activismo en la obra de una artista que convirtió la representación en una forma de resistencia Elizabeth Catlett (1915–2012) fue escultora, grabadora, ceramista, profesora y activista. Nacida en Washington D. C. y radicada en México desde 1946, construyó una obra profundamente marcada por dos experiencias culturales: la afroamericana y la mexicana. Su trabajo puso en el centro a quienes durante mucho tiempo habían permanecido en los márgenes de la historia del arte: mujeres negras, madres, trabajadores, campesinos y comunidades sometidas a la discriminación. Pero Catlett no se limitó a representar el sufrimiento. Sus figuras transmiten fuerza, dignidad y resistencia.


Su revolución consistió, en buena medida, en algo aparentemente sencillo: cambiar quién podía ocupar el centro de una obra de arte.

“Me inspiran el pueblo negro y el pueblo mexicano, mis dos pueblos.”

Una artista que tuvo que abrirse camino

Elizabeth Catlett nació el 15 de abril de 1915 en Washington D. C., en una familia vinculada a la educación. Sus padres eran hijos de personas anteriormente esclavizadas, y las historias familiares sobre la esclavitud y la experiencia afroamericana formaron parte de su infancia.

Su interés por el arte apareció muy temprano. Uno de sus recuerdos más significativos era una pequeña talla de madera realizada por su padre.

Décadas después, la madera se convertiría en uno de los materiales fundamentales de su producción escultórica. Pero convertirse en artista no era sencillo para una mujer negra en Estados Unidos durante la primera mitad del siglo XX. Catlett fue admitida en el Carnegie Institute of Technology, pero su admisión fue rechazada después de que la institución descubriera que era negra.


Finalmente estudió en Howard University, donde tuvo como profesores, entre otros, a la artista Lois Mailou Jones y al filósofo Alain Locke. En 1937 se graduó con honores. Posteriormente ingresó a la University of Iowa, donde estudió con el pintor Grant Wood. Allí obtuvo su Master of Fine Arts y se convirtió en la primera mujer afroamericana en recibir ese grado en la institución.

Fue precisamente Wood quien le dio un consejo que terminaría marcando toda su carrera:

Hacer arte sobre aquello que uno conoce mejor.

Catlett decidió tomarlo en serio.

Representar lo que otros no veían

Las primeras obras de Catlett comenzaron a concentrarse en mujeres negras, niños, madres y trabajadores. La elección de estos temas no era casual.

En buena parte de la tradición artística occidental, las personas negras habían sido representadas como personajes secundarios, objetos exóticos o figuras asociadas a la esclavitud y al trabajo.

Catlett quería otra cosa. Quería mostrar personas completas.


Sus mujeres son fuertes, monumentales y seguras de sí mismas. Sus cuerpos ocupan el espacio con autoridad. Sus rostros, muchas veces simplificados hasta acercarse a la abstracción, transmiten concentración y serenidad. No son víctimas. Son protagonistas. Esta idea se convertiría en una de las características fundamentales de su obra.

México: el comienzo de una nueva etapa

En 1946, una beca de la Julius Rosenwald Fund permitió a Catlett viajar a México.

La visita que inicialmente debía ser temporal terminó convirtiéndose en una nueva vida.

México le ofreció un ambiente artístico diferente al que había conocido en Estados Unidos.

La influencia del muralismo mexicano había demostrado que el arte podía abordar directamente la historia, la política, el trabajo y las desigualdades sociales.


En Ciudad de México, Catlett encontró una comunidad especialmente cercana a estas ideas: el Taller de Gráfica Popular, conocido como TGP.

El Taller producía grabados, carteles, folletos y materiales educativos relacionados con cuestiones sociales y políticas.


Para Catlett, esta experiencia fue decisiva.

El grabado tenía una posibilidad que la escultura no podía ofrecer: la reproducción.

Una estampa podía multiplicarse y circular.

Podía llegar a una escuela, una fábrica, una organización sindical o una comunidad.

El arte podía salir del museo.

Podía convertirse en comunicación pública.

Y podía estar al servicio de personas que normalmente no tenían acceso al mundo del arte.

The Black Woman: una nueva imagen de la mujer negra

Entre 1946 y 1947, Catlett realizó The Black Woman, una serie de linograbados dedicada a la experiencia de las mujeres afroamericanas.

La serie aborda temas como el trabajo, la discriminación, la maternidad, la resistencia y la historia.


También aparecen figuras como Harriet Tubman, Sojourner Truth y Phillis Wheatley.

Pero Catlett no construye simplemente una galería de heroínas.

La serie presenta una experiencia colectiva.


Muchas de las imágenes están acompañadas por textos en primera persona. La mujer representada parece hablar directamente con nosotros.

El espectador deja de ser un observador distante.

La protagonista tiene una voz.

Y esa voz exige ser escuchada.

Sharecropper: convertir la pobreza en monumentalidad

Entre las obras más reconocibles de Catlett se encuentra Sharecropper, una imagen de una mujer dedicada al trabajo agrícola.

Su ropa evidencia la pobreza.

Sin embargo, la composición no transmite derrota.

La mujer levanta la mirada.

Su rostro ocupa un lugar dominante.

El sombrero crea una forma casi circular alrededor de su cabeza.

La figura adquiere una presencia monumental.

Catlett convierte a una trabajadora anónima en una heroína.

Esta transformación es esencial para comprender su obra.

La monumentalidad no depende necesariamente del tamaño.

Depende de la importancia que concedemos a la persona representada.

Una campesina puede convertirse en protagonista de la historia.

Una madre puede convertirse en un símbolo.

Una mujer negra puede ocupar el espacio que durante siglos le fue negado.

De la gráfica a la escultura

Aunque el grabado tuvo un papel fundamental en su carrera, durante la década de 1950 Catlett comenzó a concentrarse cada vez más en la escultura.

Trabajó con una enorme variedad de materiales:

madera, piedra, mármol, bronce, barro y terracota.

Su lenguaje escultórico combina figuración y abstracción.

Las figuras son reconocibles, pero están simplificadas.

Los cuerpos se construyen mediante grandes volúmenes.

Los detalles desaparecen.

Las superficies se vuelven suaves y continuas.

En sus esculturas podemos encontrar ecos de diferentes tradiciones: la escultura africana, el arte prehispánico mexicano y el modernismo europeo.

Pero Catlett no pertenece completamente a ninguna de ellas.

Construye un lenguaje propio a partir de todas.

Head: entre la máscara y el retrato

Head, de 1947, permite observar esta búsqueda desde una etapa temprana.

La cabeza femenina está construida mediante formas extremadamente simplificadas.

El rostro se encuentra a medio camino entre el retrato y la abstracción.

Los rasgos esenciales permanecen, pero el detalle desaparece.

El resultado es una imagen serena y poderosa.

La obra revela ya una de las características más importantes de Catlett: su capacidad para utilizar la simplificación formal sin perder humanidad.

Mother and Child: la maternidad negra como imagen monumental

La maternidad fue uno de los grandes temas de Elizabeth Catlett.

En Mother and Child, de 1956, la artista representa a una madre abrazando a su hijo.

La obra fue realizada en terracota y construida mediante una técnica de rollos de barro que Catlett aprendió en México.

Los cuerpos están tan próximos que prácticamente forman una sola unidad.

No hay dramatismo.

No hay una narrativa compleja.

Solo existe el vínculo entre madre e hijo.

Pero detrás de esta aparente sencillez existe una decisión profundamente significativa.

Catlett toma una imagen tradicional de la historia del arte —la madre y el niño— y la transforma desde la experiencia afroamericana.

La maternidad negra ocupa el centro.

La madre negra no aparece como personaje secundario ni como símbolo de servidumbre.

Aparece como figura universal de amor, protección y dignidad.

La obra también sintetiza las dos culturas que definieron su vida.

La experiencia afroamericana de Catlett se encuentra con una tradición escultórica mexicana de raíces prehispánicas.

El arte como herramienta política

La obra de Catlett nunca estuvo separada de su compromiso social.

Su actividad en el Taller de Gráfica Popular y su participación en movimientos obreros hicieron que el gobierno estadounidense comenzara a vigilarla.

Durante años fue considerada una “extranjera indeseable” y tuvo dificultades para regresar a Estados Unidos.

En 1962 renunció a su ciudadanía estadounidense y se convirtió en ciudadana mexicana.

Sin embargo, nunca dejó de estar conectada con las luchas por los derechos civiles en Estados Unidos.

Realizó obras relacionadas con figuras como Malcolm X, Martin Luther King Jr., Rosa Parks, Angela Davis y Harriet Tubman.

Pero incluso cuando representaba personajes históricos, su interés iba más allá del retrato.

Lo que le importaba eran las ideas que representaban:

libertad, resistencia, igualdad, memoria y dignidad.

Una artista que también fue maestra

La enseñanza ocupó un lugar fundamental en la vida de Catlett.

Fue profesora en Estados Unidos antes de establecerse definitivamente en México y posteriormente desarrolló una larga carrera docente en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM.

En 1959 se convirtió en directora del departamento de escultura.

Era mujer. Era extranjera.Y estaba ocupando una posición que hasta entonces había sido dominada por hombres. Su influencia como profesora fue enorme.


Para Catlett, enseñar no consistía simplemente en transmitir técnicas.

También significaba enseñar a mirar.

Preguntarse:

¿Quién está representado?

¿Quién está ausente?

¿Quién tiene derecho a contar la historia?

Estas preguntas siguen siendo centrales para muchos artistas contemporáneos.

Una revolución que comenzó con la mirada

En 1970, Catlett expresó una de las frases que mejor resumen su posición como artista:

“He sido, soy y espero seguir siendo una artista revolucionaria negra, y todo lo que eso implica.”

La declaración no era una estrategia publicitaria.

Era la consecuencia lógica de toda su trayectoria.

Para Catlett, el arte podía educar.

Podía persuadir.

Podía despertar una conciencia.

No necesariamente podía cambiar el mundo por sí mismo, pero podía preparar a las personas para hacerlo.

Su arte era político porque cambiaba nuestra manera de mirar.

El legado de Elizabeth Catlett

Elizabeth Catlett murió en Cuernavaca, México, el 2 de abril de 2012, a los 96 años.

Dejó una obra que atraviesa más de seis décadas y diferentes disciplinas: escultura, grabado, dibujo y cerámica.

Su reconocimiento continuó creciendo después de su muerte, con exposiciones importantes en museos de Estados Unidos y Europa.

Pero quizá su mayor legado no se encuentra solamente en los museos.

Está en las generaciones de artistas que encontraron en ella un precedente.

Una mujer negra podía ser escultora.

Podía ser grabadora.

Podía ser profesora.

Podía ser madre.

Podía ser activista.

Podía trabajar entre dos culturas.

Y no tenía que renunciar a ninguna de esas identidades.

El arte al servicio de la gente

Hay una frase de Catlett que quizá explique mejor que ninguna otra su filosofía:

“El arte para mí debe surgir de una necesidad dentro de mi pueblo. Debe responder una pregunta, despertar a alguien o dar un empujón en la dirección correcta: nuestra liberación.”

Esta afirmación nos permite mirar su obra desde otra perspectiva.

Sharecropper no es simplemente un grabado sobre una campesina.

Mother and Child no es simplemente una escultura sobre una madre.

The Black Woman no es simplemente una serie de estampas.

Son actos de representación.

Son declaraciones sobre quién merece ser visto.

Y, en última instancia, son actos de reconocimiento.


Elizabeth Catlett y la revolución de representar

La revolución de Elizabeth Catlett no consistió únicamente en experimentar con materiales o formas.

Consistió en cambiar el centro de nuestra mirada.

Una trabajadora.

Una madre.

Una mujer negra.

Un niño.

Un campesino.

Una comunidad.

Personas que durante siglos habían aparecido como figuras secundarias podían convertirse, en las manos de Catlett, en protagonistas.

Por eso su obra continúa siendo relevante.

Porque todavía vivimos en un mundo en el que la representación importa.

Quién aparece.

Cómo aparece.

Quién cuenta la historia.

Y quién permanece invisible.

Elizabeth Catlett entendió que una escultura podía hacer mucho más que ocupar un espacio.

Podía devolverle un espacio a alguien.

Podía convertir una experiencia privada en memoria colectiva.

Podía transformar un cuerpo anónimo en monumento.

Y podía hacer que una persona se mirara a sí misma y pensara:

yo también pertenezco aquí.


🎙️ Escucha el episodio

Esta historia también forma parte de Perspectivas del Arte Contemporáneo, donde exploramos las vidas, las ideas y las obras de artistas que han transformado nuestra manera de entender el arte.

Elizabeth Catlett: El arte como revolución Una escultora, grabadora y ceramista que encontró entre Estados Unidos y México un lenguaje propio para hablar de identidad, memoria, maternidad, resistencia y libertad.

 
 
 

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